[Ocurrió
el 30 de marzo de 1931 en El Corvero, en el vecino municipio de San Martín
del Rey Aurelio, casi en la raya con Bimenes.
Fallecieron
ocho mineros y otros cuatro resultaron gravemente heridos. Siete eran de
Bimenes (de La Fontanina, Rozaes, San Julián y Suares) y el otro, del Rosellón
(Siero).
El
nombre de la mina, oficialmente mina Candanal, pertenecía a la empresa
Duro-Felguera, aunque todos la conocían como la mina El Corvero.
Sirvan estas líneas como un merecido homenaje a todos los hombres de nuestro concejo que desde los albores de la minería (finales del siglo XVIII) encontraron la muerte en las entrañas de la tierra.
A continuación, tal y como apareció la noticia, a nivel nacional, en los diarios Mundo Gráfico y La Libertad, ambos de Madrid. ]
Sirvan estas líneas como un merecido homenaje a todos los hombres de nuestro concejo que desde los albores de la minería (finales del siglo XVIII) encontraron la muerte en las entrañas de la tierra.
A continuación, tal y como apareció la noticia, a nivel nacional, en los diarios Mundo Gráfico y La Libertad, ambos de Madrid. ]
Mundo Gráfico
2 de abril de 1931
Por I. Conde de Rivera
2 de abril de 1931
Por I. Conde de Rivera
"El caso es que en la tarde del día
treinta del mes pasado ocurrió una explosión en la mina Candanal, enclavada en
el pueblo de Canto del Medio, del concejo de San Martín del Rey Aurelio,
propiedad de la empresa Duro-Felguera y en la que se hallaban trabajando
numerosos obreros. De éstos han perecido ocho, resultando gravísimamente
heridos otros cuatro.
¿A qué se debió el accidente? Aún
está sin averiguar.
Mientras los ingenieros de la
empresa declaran que la catástrofe se debió a la inflamación del polvillo del
carbón, los mineros afirman que no ha sido otra cosa la que motivó la
catástrofe sino la explosión del grisú motivada por la ausencia de ventilación
en la mina.
Hay también quien apunta la
posibilidad de que la explosión se produjese por los motivos que dice la
empresa, pero al mismo tiempo, niega el hecho de que esto aconteciese si se diese cumplimiento a la Ley
de policía minera que ordena el riego de ese polvo, con lo cual, aún cuando
exista llama, ésta no prende.
Lo mejor, en este caso, lo más
indicado y lo más humano, ya que se trata de algo tan serio e importante como
son las vidas de centenares de humildes trabajadores, será que se proceda a la
inmediata inspección de aquellas minas, vigilando escrupulosamente las
condiciones en que trabajan los mineros y las seguridades con que cuentan para
que estos trágicos sucesos que llevan, no sólo el luto, sino la miseria a
numerosos hogares, no se repitan con tan lamentables frecuencia como hasta
ahora.
Los muertos se llaman José Nava
Arboleya, natural de San Emeterio (Bimenes); deja mujer y siete hijos. José
Méndez Martínez, del Rosellón (Siero), casado y con siete hijos. Avelino Díaz
Huerta, de Rozadas (Bimenes), casado y con seis hijos. Emilio Piñera Alonso, de
Suares (Bimenes). Maximino Martínez García, de Rozadas (Bimenes). Eladio
Martínez Nava, de La Fontanina (Bimenes). Teodoro de la Roza González, casado y
con dos hijos, de San Julián de Bimenes.
El entierro constituyó una
imponente manifestación de duelo".
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Bocamina donde ocurrió la explosión de grisú |
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Explanada delante de la mina |
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A hombros camino de Bimenes |
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Los ocho féretros en la explanada |
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Oficina donde se instaló la capilla ardiente |
La Libertad
2
de abril de 1931
Por
Francisco Caramés
La Baltasara,
catorce muertos; Legalidad, siete
muertos; Carbones Asturianos, catorce
muertos; Sotón, siete muertos; Candanal, ocho muertos. En remolino
incesante desfilan por nuestra mente estas fechas de taladrante dolor, en tanto
vuela el auto salvando las montañas, rastreando las faldas de los montes, para
encaminarnos al ayuntamiento de San Martín del Rey Aurelio y de allí remontar
la cumbre para alcanzar en toda su brutal desnudez el cuadro de aflicción que
se desarrolla en la especie de plazoleta que forman los montes que cercan las
entradas de la mina Candanal.
Hasta
un kilómetro antes del lugar en que se ha producido la catástrofe nos ha traído
cómodamente el automóvil. Basta, sin embargo, este corto trayecto para que
sintamos fatiga y tengamos frases que no son muy elogiosas para las autoridades
que no activan las gestiones para la prolongación de la carretera que se corta
en el pueblecito llamado Huerta. ¿Os dais cuenta, lectores, de todo el lastre
de insensibilidad que hay en esta
protesta? ¿Cómo podríamos si no permitir que trabajadores que han de entregarse
ocho horas a una jornada espantable vengan caminando dos horas antes de entrar
en la mina, y vayan otras dos, cuando regresan a sus hogares, por unos
altozanos que ponen a prueba las energías mejor sentadas?
Y
aún hay más. Nosotros hemos comido bien, hemos descansado en cama muelle y
hemos disfrutado de las ventajas de la vida higiénica antes de emprender la
marcha, lo que no pueden decir los calmosos héroes anónimos que un día y otro
rebuscan en las entrañas de estos montes, extrayéndoles la riqueza que ha de
beneficiar a todos menos a los que más sacrificio pusieron en las jornadas.
Y
por si el esfuerzo diario fuera poco, periódicamente una mano insaciable escoge
nuevas víctimas que sacrifica a una diosa invisible y cruel.
Trabajos
de salvamento
Van
desapareciendo tras los montes lejanos los últimos vestigios de luz cuando
llegamos ante la bocamina sur de la mina Candanal. Diversas figuras van de un
lado para otro en una marcha nerviosa y un poco mecánica. Por la explanada que
existe ante el edificio destinado a oficinas de la Empresa se agrupan mujeres,
niños y viejos que inquieren angustiados detalles de los cadáveres que van
extrayendo del interior, para averiguar si entre ellos están deudos o amigos.
Las
preguntas salen medrosas de los labios, con el temor de que sea cierto lo que
el corazón se niega a admitir.
En
vagonetas llevan unos heridos que son un espanto en la deformación de los
rostros. Mujeres, niños y viejos quieren abalanzarse a ellos, y tienen que ser
contenidos por la Guardia Civil, para que la labor de salvamento se continúe sin
interrupción.
El
lugar del siniestro
La
Sociedad Duro- Felguera tiene entre sus diversos en explotación el conocido con
el nombre de “Grupo Siero”, aunque una parte de él pertenece al ayuntamiento de
San Martín del Rey Aurelio y el otro a Siero.
Más
conocido es este grupo por “Mosquitera” , pues tiene entradas y minas en el
pueblo que lleva este nombre, y en su otro extremo está la mina “Candanal”, en
la que se desarrolló la catástrofe.
Los
vecinos nombran “Corvero” al sitio en que la mina está instalada, y la empresa
la bautizó con el nombre anterior.
Una
de las capas recibe el nombre de “Generala”, y está instalada en el primer piso
sur. En ella ocurrió la explosión.
En
esta mina trabajan unos doscientos ochenta obreros, y al haberse dado fuego a
los barrenos después de la salida de la mayoría de los trabajadores se debe el
que las degracias no hayan sido muchísimas más.
La
explosión, muertos y heridos
A
las tres de la tarde se da fuego a los barrenos para que quede el carbón en
condiciones de ser extraído al día siguiente.
El
lunes, cuando los mineros se hallaban en la plazoleta de “Candanal”, poco
después de abandonar las faenas oyeron una detonación formidable que puso
espanto en todos, pues demasiado saben cuál es el final de estas explosiones.
En
tales instantes quedaban en el interior catorce mineros, el número aproximado
que se necesita para prender los barrenos. Rápidamente, con el compañerismo que
distingue a los que diariamente juegan con la muerte, sin darle importancia,
los obreros corrieron a la entrada de la bocamina para socorrer a los del
interior. Los gases y las malezas que salían les impidieron avanzar en los primeros momentos. Insistieron, y al
fin pudieron llegar al tajo, que dista unos dos kilómetros de la entrada.
El
cuadro era espantoso. Tendidos y carbonizados unos, desfigurados y dando gritos
los otros, hacía falta la voluntad que tienen los que hasta el lugar de la
explosión llegaron para no flaquear.
Los
primeros en ser sacados al exterior fueron los heridos: Fermín Fernández
Iglesias, de Piñera (Bimenes), casado; Luciano Canteli Sánchez, casado, de La
Fontanina (Bimenes); Avelino García Martínez, casado, y Armando Artos Peón,
soltero. Fueron trasladados con la urgencia que el estado requería al hospital
de la Duro-Felguera, establecido en Sama de Langreo. Tras ellos marcharon
algunos amigos y compañeros, pues a los familiares más allegados no les dejaron
ir acompañándoles.
Un
poco más tarde fueron extraídos los ocho muertos, que se llamaban: José Nava
Arboleya, entibador, casado, con siete hijos, natural de San Emeterio
(Bimenes); José Menéndez Martínez, entibador, casado, con siete hijos, natural
del Rosellón-Arenas (Siero); Avelino Díaz Huerta, vigilante, casado, con seis
hijos, natural de Rozadas (Bimenes); Marcelino Piñera Montes, soltero, rampero,
natural de Rozadas (Bimenes), de diecisiete años; Emilio Piñera Alonso, de
diecisiete años, soltero, rampero, natural de Suares (Bimenes); Maximino
Martínez García, de veintiséis años, soltero, picador, natural de Rozadas
(Bimenes); Eladio Martínez Nava, soltero, de cuarenta y un años, vigilante,
natural de La Fontanina (Bimenes) y Teodoro de la Roza González, casado,
trenista, deja viuda y dos hijos. Era natural de San Julián de Bimenes.
Imposible
dar idea de cómo estaban quemados. Parecían unos carbones más entre los
montones que a ambos lados de la mina se apilan.
Emocionante
manifestación de pesar
El
entierro constituyó una imponente manifestación de duelo. Minas y fábricas
cesaron en su labor y han acudido para acompañar a la última morada a estas víctimas
humildes que no han conocido durante su paso por la vida más que calamidades.
Se
recibió un telefonema de Largo Caballero expresando el dolor de la Unión
General de Trabajadores y pidiendo se depuren responsabilidades.
Allá
van ahora, monte arriba, los ocho féretros, cuatro blancos y cuatro negros. Van
buscando los mineros un descanso que no han podido tener mientras trabajaban
por el engrandecimiento de su patria.